viernes, 26 de abril de 2013

columbina

Me poso sobre una rama y descanso. Dejo que todo se aposente en mi interior. Me libero, suelto la carga. Siento cómo me vacío, el fluido que abandona mi cuerpo y se vierte. Cae. Zureo. Alguien grita y gesticula, abajo. Aleteo y alzo de nuevo el vuelo. No les entiendo. Esos bichos ruidosos de ahí abajo.

miércoles, 24 de abril de 2013

garabato 26


cuando un ser querido muere no permanece en la memoria sino que se aposenta en la imaginación _ la muerte es la última ficción

martes, 16 de abril de 2013

Intento de escapada, de Miguel Ángel Hernández

Intento de escapada
Miguel Ángel Hernández (1977)
Anagrama, 2013, 240 p.

Todo empieza con una caja que hiede a putrefacción. Junto a la caja, dos monitores: uno muestra repetidamente la imagen de alguien que entra en la caja, que es cerrada desde fuera por otra persona; otro muestra esa misma caja ya cerrada, el paso del tiempo sin que nada ocurra en su exterior. Pero, ¿y dentro? ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué es eso? Pues eso –la caja, las pantallas– es una obra de arte expuesta en el Centro Pompidou de París, titulada Intento de escapada y realizada por Jacobo Montes, célebre artista en cuyas creaciones se conjugan provocación y denuncia social. Este inicio sobrecogedor es apenas uno de los muchos buenos momentos que tiene esta novela. No voy a recrear otros aquí. Más que en otros libros que he comentado, me parece que sería hacerle un juego sucio al lector.

Intento de escapada contiene algunos elementos extraliterarios que hacen que me haya sentido especialmente interesado, que haya vibrado de otra forma mientras la leía. Está mi interés previo por los asuntos centrales que vertebran el texto: el cuestionamiento de los límites del arte contemporáneo, así como la inmigración y las realidades kafkianas a las que se ven abocados los inmigrantes en un mundo que los exprime y los invisibiliza. Y está, además, un viaje distinto a mi primera ciudad, Murcia; el reconocimiento –nunca explícito– o asociación de lugares, espacios y tipos desde la ficción.

Esta novela consigue algo poco habitual, la conjugación de tres elementos fundamentales: primero, motiva la reflexión sobre cuestiones tan centrales como el arte contemporáneo, los límites éticos de la creación, la inmigración y la injusticia que supone la clandestinidad; y lo hace lejos de un territorio que es familiar al autor (profesor de Historia del Arte en la Universidad de Murcia), el del ensayo. Estamos dentro de una ficción, esto es novela. Y la novela también es eso, ya lo sabemos: en la novela cabe todo. Todo, sí, pero no cualquier cosa. En segundo lugar, la novela de Miguel Ángel Hernández Navarro mantiene una tensión argumental que no decae, una intriga inquietante que se mantiene hasta el final, sin que pueda haber “intento de escapada” por parte del lector. Por último, la novela no se limita a eso, da un paso más al adoptar un prisma metaliterario que tiene algo de cajas chinas, y que introduce al lector en el juego de otros límites, los de la realidad y la ficción. Desde el exordio al colofón.

En el cruce de la trayectoria del narrador –el estudiante Marcos– con el artista Jacobo Montes, la profesora Helena y el inmigrante Omar se crea un nudo de alta tensión. Montes visita esa ciudad de provincias que no se nombra, invitado por Helena, para realizar una obra sobre la inmigración, que será ese Intento de escapada que Marcos verá años después en París. Marcos, a instancias de Helena, se convierte en asistente de Montes, investiga sobre los inmigrantes y contacta con un sin papeles de Malí, Omar, que acepta ser parte de la obra que concibe Montes. Sin embargo, el afán de crear un objeto artístico de gran impacto oculta algo, precisamente aquello que el artista, Jacobo Montes, no deja de valorar como lo principal: la experiencia creadora. Finalmente es él el único testigo de lo que realmente ocurre en la creación de una pieza en la que se juega con la humillación y la muerte, y que no se narra. No porque no sea necesario, sino, precisamente, porque es necesario que no se narre.

“Al fin y al cabo era arte. Y el arte tiene secretos y enigmas. No podemos pretender entenderlo todo. Aunque lo que haya para entender sea lo más real, lo más cercano, aunque todas las distancias hayan sido abolidas…, en el fondo siempre hay una barrera invisible que separa al espectador de lo que está viendo, en el fondo, lo que vemos es siempre lo que nos mira, y en el fondo, nadie se atreve a tocar nada. Porque el arte sigue siendo sagrado. (…) Porque tememos que, si lo hacemos, todas las cosas se esfumen para siempre. Quizá porque, en el fondo, todos tememos desvanecernos si se demuestra que, en realidad, nadie puede desaparecer por arte de magia.” (221-222)

miércoles, 10 de abril de 2013

esta danza


Suena esa música que no hemos elegido nosotros. La danza continúa. Seguimos bailando como si nada hubiese pasado. Si tropezamos será por la propia danza, dices. Si caemos será por la propia danza, digo. Las ataduras deben de ser también cosa de la danza, nos decimos. Pero, ¿fue siempre así, la danza?

(no he localizado al autor de la foto)

lunes, 8 de abril de 2013

El futuro es un país extraño, de Josep Fontana

El futuro es un país extraño
Josep Fontana (1931)
Pasado y Presente, 2013, 232 p.

No es un intelectual cualquiera quien firma este libro, sino Josep Fontana, uno de los historiadores más prestigiosos de este país. Y no habla del pasado, sino del presente y el futuro. Su conocimiento de la historia arroja luz sobre la deriva del nuevo estado de cosas. Así, entiende Fontana que esto que aún se sigue llamando crisis

“(…) no obedece a causas meramente económicas, sino a un proyecto social que ha comenzado por la privatización de la política y aspira a conseguir la privatización entera del propio estado. Un proyecto que no solo amenaza la continuidad de los servicios sociales que proporcionaba el estado del bienestar, sino que pone en peligro el propio estado democrático y la sociedad civil en que este se sostiene. Todo apunta, si esta evolución se mantiene en los mismos términos, a un futuro de retorno hacia una privatización global semejante a la de los tiempos feudales, en que tal vez dejaremos de pagar impuestos al gobierno, reemplazados por los servicios de trabajo forzado a las empresas propietarias de todos los recursos y todos los servicios de que dependen nuestras vidas.”

La historia no puede ser ya un relato de progreso continuado, tal y como se concebía hasta ahora, como constata Fontana a la luz del período de regresión que vivimos. Las conquistas sociales que se obtuvieron en dos siglos de luchas colectivas habrá que recuperarlas con métodos nuevos, “porque las clases dominantes han aprendido a neutralizar los que usábamos hasta hoy”. La lucha sigue siendo motor de la historia, por tanto, aunque haya que inventar otras formas más eficaces que la huelga o las manifestaciones. El problema, sin embargo, es que cada vez resulta más difícil aunar fuerzas en un entorno confuso y manipulado:

“(…) la formación de la conciencia de los seres humanos depende en gran medida de su capacidad de comprensión de la realidad social en que viven, y esta se encuentra hoy estrechamente condicionada por una información que se recibe esencialmente a través de los medios de comunicación de masas, que se dedican a difundir una visión conformista, tal como conviene a los intereses de sus propietarios. La derecha ha aprendido a usar estos medios para repetir incansablemente tópicos simplistas y metáforas engañosas que se inculcan como verdades de sentido común, y se apresta, por otra parte, a destruir la educación pública, ejercida por un profesorado independiente, para reemplazarla por un sistema administrado como una empresa, en que los enseñantes molestos puedan ser fácilmente silenciados.”

En cuanto a la privatización del estado, Fontana nos recuerda que el objetivo no es sólo recortar el gasto social, sino privatizar los servicios esenciales, que se están convirtiendo en un negocio jugoso para los bancos e inversores privados. De hecho, “lo que se vende no son los servicios, sino [a] los ciudadanos que están obligados a pagar para usar unos servicios –trenes, hospitales, escuelas…– que el propio estado ha permitido que se desmejoren para justificar su privatización.”

Donde no hay deterioro alguno es en la faceta legal-policial del estado, sobredimensionada ahora desde la vigilancia y control hasta la represión y la ampliación de los supuestos de delito contra la seguridad, forzando los límites de las libertades democráticas. Pero, como advierte el autor, “quienes piensan que el endurecimiento de la represión es una garantía de la tranquilidad pública ignoran las lecciones de la historia y desafían los riesgos de un estallido social.”

Frente a una descripción realista y cruda, Fontana se muestra en sus conclusiones abierto a la esperanza (como demuestra la historia, el estallido revolucionario puede ocurrir en cualquier momento, afirma en la última página). Apunta, de hecho, hacia algo más allá de la mera resistencia. Es preciso “aspirar a renovar lo que se combate”, los objetivos y los métodos de lucha. Resulta paradójico en nuestros días que el posible ejemplo propuesto venga, una vez más en la historia, de los campesinos (a partir del movimiento internacional Vía Campesina): No se trata tanto de la demanda de reformas (del clásico razonamiento sindicalista de obtener concesiones de la clase empresarial y del gobierno) como de la formulación de una nueva organización horizontal del trabajo en torno a la cooperación. Y concluye: “La tarea más necesaria a que debemos enfrentarnos es la de inventar un mundo nuevo que pueda ir reemplazando al actual, que tiene sus horas contadas.” Aunque, como el propio Fontana no puede ignorar, serán unas horas largas. Muy largas.

viernes, 5 de abril de 2013

Democracia, de Pablo Gutiérrez

Democracia
Pablo Gutiérrez (1978)
Seix Barral, 2012, 234 p.

Está claro que el nuevo estado de cosas (llámese como se quiera, a mí la palabra crisis me parece demasiado coyuntural para definir algo que ha venido para quedarse) tenía que verse reflejado de alguna manera en la narrativa literaria. Por suerte, no se manifiestan “de cualquier manera”, sino con exigencia y rigor literario. Así, empiezan a publicarse algunas novelas que tienen como centro las consecuencias de todas las quiebras (económicas, políticas y sociales) que nos abruman. No se trata de una categoría genérica, ni creo que deba promocionarse como tal, pero no deja de ser un trabajo literario a partir de la realidad de nuestros días, con puntos en común. Es posible que, de seguir escribiéndose novelas sobre este tema, acabe por consolidarse un nuevo subgénero, como las novelas sobre la guerra civil, hasta que Isaac Rosa llegue y publique Otra maldita novela sobre la crisis (ya estoy deseando leerla) sin que por ello pretenda liquidar nada. Democracia, de Pablo Gutiérrez, es un buen ejemplo de esto. No crearé una etiqueta en el blog sobre “novelas de la crisis”, al margen de que lea otras que pudieran etiquetarse así. No me gusta meter a gente diversa en el mismo saco, manías mías.

En Democracia, todo comienza en septiembre de 2008, con el derrumbe de Lehman Brothers y el despido de Marco, el protagonista de la novela, un delineante especialmente dotado para el dibujo. De manera progresiva, Marco inicia un proceso de depresión y decadencia, primero desde su azotea contemplativa, después a través de la adicción televisiva, hasta que por fin sale a la calle y comienza a llenar las paredes de grafitis con versos y dibujos. El hilo narrativo se multiplica, sin embargo, y muestra otras caras de la realidad: entre otras, la del pijo Talo, director general que despide a Marco; Cloe y Julia, madre y mujer de Marco, respectivamente; una presentadora de televisión, una congresista norteamericana y, sobre todo, George Soros. Sí, ese Soros: el especulador multimillonario que juega a ser filántropo. Soros, que podría ser la antítesis de Marco, aunque pueda llegar a parecer su inspirador.

La forma en que Pablo Gutiérrez narra parece buscar un desapego ante cualquier compasión o solidaridad con los personajes. Desde el principio, y con mayor énfasis hacia el final, se recurre al tono mordaz y paródico. Eso, que no tiene por qué ser bueno ni malo, en mi experiencia obliga a tomar distancia, una distancia que puede ser reflexiva o no, según cómo se desarrolle (según tantas cosas, en realidad, empezando por el estado de ánimo del lector). Los personajes parecen estar ahí como un medio para algo. Ese algo es una ficción que rompe con maniqueísmos y nos instala ante un mundo donde las víctimas del sistema pueden ser sujetos cómplices o, cuando menos, pasivos. Donde algunos elementos de la resistencia caen en una dialéctica antisistema autodestructiva y estéril. No faltan ideas certeras, momentos brillantes, delirantes, desternillantes, además de puntos de vista que, en general, comparto.

Mi problema con esta novela no estriba en que los personajes sean poco creíbles, lo que puede ocurrir desde cierto realismo crítico, o desde la parábola, la novela del absurdo, etcétera. Tampoco tengo nada que objetar a la profusión de referencias, que van desde Karl Popper, Confucio, Maiakovski o Marvin Harris a versos de Rubén Darío o Lorca, pasando por canciones de Silvio Rodríguez y alusiones a Star Wars o a El Señor de los anillos, videojuegos o dibujos animados. Eso, según el lector, puede resultar tedioso o enriquecedor, indicador de algo, supongo. No. Lo que me ha ocurrido es que la distancia afectiva a que me empuja el autor no ha derivado en la proximidad cómplice que a menudo provocan las narraciones paródicas. Puede que el problema sea mío, que yo no haya entendido ese juego que empieza siendo ácido y que se va perdiendo en callejones cada vez más inverosímiles y dispersos. Me quedo con lo que me ha gustado, partes sueltas, buenos momentos de un conjunto que se me escapa.

jueves, 4 de abril de 2013

Dos poemas de David Mayor


Entrar, ¿salir? ¿Se sale del todo de una lectura? Estos días entro y salgo de estos 31 poemas de David Mayor (Pre-Textos, 2013). Desde la primera inmersión que hice –hicimos: la poesía, muchas veces, es lectura compartida en esta casa–, he disfrutado con este libro sobrio y lleno de paradojas, de sugerencias y sentidos que uno intuye o percibe oblicuamente. Se narra mejor que en algunas prosas, aquí, y con tan pocas palabras. Ahí está todo: saber usar pocas palabras (no necesariamente las justas: ¿existen las palabras justas y necesarias?, ¿tienen importancia?). Aquí hay viaje, mutación, encuentros. Algo queda dicho, lo demás es un gran hueco que no necesita ser colmado de palabras.

Es difícil seleccionar. Escojo dos que me parecen, ya, memorables:


ADVERTENCIA

Mi corazón está en mi bolsillo,
hoy son los poemas
de Frank O’Hara –“El día que murió
Lady Day”–.

Mi trabajo es la aproximación,
subrayar con tinta muy licuada
la vida que cambia de acera,
habla lo justo y mira a los ojos
sin parecer un hombre asustado.


DESNUDO SENTADO

Como lectura de un libro
que revela quiénes somos,
te miro en ese cuadro
antes de que tú lo veas
y me mires:

la exigencia inexcusable
de encontrarnos.
Así de sencillo, así de laborioso.