martes, 31 de enero de 2012

un mapa sin territorio

La carte et le territoire, 2010
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Michel Houellebecq (1958)
Flammarion, 2010, 428 p.

Después de cerrar el libro, vuelvo a ver la cabeza decapitada de Michel Houellebecq sobre un sillón, esa imagen algo cutre, como de cine gore, que pretende dar un giro a la trama y a la autoficción entre estereotipada y paródica que emprende (sí, lo sé, no debería haber revelado ese dato, pero me resisto a pensar que lo crucial en esta compleja novela sea una sorpresa de mago de chistera, pues ni lo es Houellebecq ni la lectura pierde por eso). Lo cierto es que la última obra de Houellebecq me ha producido, como me ocurre siempre con este autor, sensaciones e ideas encontradas, que van de la admiración a la repulsa, pasando por la complicidad, la risa, la compasión y el tedio (sí, también el tedio, aunque parezca mentira). Esto, claro, no es una reseña (y no juego a Magritte): es apenas una tentativa de aproximación crítica a una primera lectura.

Pero voy por partes. Michel Houellebecq es, entre los autores franceses de las últimas décadas, uno de los más leídos y respetados, y probablemente el más polémico y políticamente incorrecto. Además de ésta (que obtuvo el Premio Goncourt 2010), sus novelas son Extension du domaine de la lutte (1994), Les particules élémentaires (1998), Plateforme (2001) y La Possibilité d’une île (2005). Houellebecq ha escrito, por otra parte, más de media docena de libros de poesía.

En La carte et le territoire (en español El mapa y el territorio, traducción de J. Zulaika, Anagrama, 2011), Michel Houellebecq vuelve a poner en nuestras manos un artefacto literario complejo, lleno de referencias al tiempo presente, de ideas sobre la civilización occidental y su decadencia, así como sobre la propia decadencia del ser humano (y su posible salvación). Los temas que vertebran sus libros son recurrentes, aunque siempre hay variaciones. Así, por ejemplo, si en Les particules élémentaires abordaba el individualismo, la frustración, la crisis de los cuarenta y la sexualidad obsesiva, la apatía amorosa y en general la imperfección humana (y su perfeccionamiento mediante la genética), en esta que pretendo comentar hay una reflexión sobre el arte como medio de conocimiento (y no sólo de representación) del mundo en que vivimos, así como un autorretrato del autor (paródico, que asume e incluso magnifica los tópicos sobre su personalidad y actitudes), además de una nueva redención, esta vez por vía del retorno a las raíces rurales (vuelta a los orígenes y proyección de un futuro rural utópico).

La prosa de Houellebecq no se aventura en una retórica y un léxico frondosos, y, aunque desde luego no se limita a un estilo simplón, es evidente que en él el lenguaje está al servicio de las ideas. De hecho, las suyas son novelas de ideas, de tesis, con abundantes rasgos sociológicos, moralistas y filosófico-científicos. Frente a otras novelas del autor, sin embargo, los personajes están tratados de un modo más “novelístico”, en el sentido clásico del término. Aquí tienen más profundidad y perfiles que en otras novelas, donde servían a menudo como meros arquetipos al servicio de las ideas de Houellebecq.

En La carte et le territoire el autor francés se sirve de nuevo de un narrador en tercera persona y pretérito, que permanece próximo a su protagonista, el artista plástico Jed Martin (aunque a determinada altura, y en ausencia de éste, se sitúa cerca del punto de vista de otro personaje, el comisario Jasselin). Tampoco el tiempo narrativo es nuevo: la historia parte desde el presente de la escritura hacia un futuro desde el que se narra (es decir, de 2010 en adelante, pero no de forma lineal, sino con los pertinentes saltos al pasado en forma de recuerdos y alusiones). Mientras en otras novelas predomina el espacio urbano, aquí París deja de ser central en el momento en que los personajes principales acaban por abandonar la ciudad en busca de un refugio frente a las zarpas de la vida, un retorno a la naturaleza y a los orígenes: así ocurre con el Houellebecq ficticio (“exiliado” en Irlanda primero, luego en la casa del pueblo donde vivió parte de su infancia), así como con el comisario Jasselin (que tras jubilarse volverá a la casa familiar en Bretaña) y el propio Jed Martin, que se refugia en la antigua casa de sus abuelos en el departamento de la Creuse. Hasta el personaje de Frédéric Beigbeder (trasunto del novelista real) acabará sus días en una casa de la costa vasca, según escuchará el protagonista en la radio, “entouré de l’affection des siens”. En todos ellos se trata de un regreso a la casa de los orígenes, pero además en el caso de Jed Martin es el síntoma de un fenómeno futuro (al menos en la ficción), el de la repoblación del hinterland francés por parte de jóvenes urbanos, y sobre todo por parte de extranjeros ricos, principalmente rusos y chinos.

La novela tiene varios puntos de interés. El primero, en mi opinión, es un juego de espejos a través del arte figurativo como modo de expresión de la realidad: La representación de la realidad a través de los retratos de diferentes oficios que realiza el pintor Jed Martin (desde trabajadores a grandes empresarios, incluyendo un cuadro en el que reúne a Bill Gates y Steve Jobs) se concluye con un retrato del propio autor de la novela (que es también personaje, como se ha mencionado), titulado “Michel Houellebecq, escritor”. La representación de sí mismo, por tanto, es múltiple: no sólo está el Houellebecq personaje, asesinado y cruelmente despedazado, sino que además está su representación pictórica y las numerosas representaciones de sus ideas en el narrador o en Jed Martin. El pintor retrata al escritor que a través del narrador retrata al pintor que retrata la realidad (fragmentos de realidad) a través de personajes, de fotografías retocadas de mapas, de objetos, etcétera. La realidad, por supuesto, no se limita a personajes representativos o arquetípicos, como no se limita a la representación fotográfica de mapas Michelin o de utensilios cotidianos, ni tan siquiera a la captación videográfica de la naturaleza y los objetos (fotografía en movimiento de cosas y lugares). Son partes, láminas de realidad como los pedazos de carne del cadáver de Houellebecq que aparecen diseminados en su casa a modo de un burdo y sangriento cuadro de Jackson Pollock. Salpicaduras de realidad.

Joëlle Delhovren, Hou­el­le­becq, Huile sur toile de lin, 53cm x 53cm, 2005.

Houellebecq, así pues, se sirve también a su manera del recurso a la autoficción, un procedimiento que empieza a ser, a mi juicio, demasiado recurrente en las narrativas actuales, desde Coetzee a nuestro más cercano Manuel Vilas (e incluso Menéndez Salmón, aun disfrazándose bajo el nombre de Bocanegra, en La luz es más antigua que el amor), así como otros autores más o menos conscientes de un discurso que se quiere posmoderno. Como Coetzee en Verano, Houellebecq tiene la inteligencia suficiente (y el respeto a la sensibilidad del lector) como para retratarse de forma desidealizada e incluso paródica; la otra coincidencia entre ambas novelas es la muerte del autor: en la del surafricano éste había fallecido ya, mientras que en la del francés el personaje del autor es encontrado muerto y mutilado en el tiempo de la narración. Está claro que el recurso escapa a lo meramente ingenioso, que detrás hay toda una intencionalidad crítica, empezando por la negación de un realismo clásico, sustituido ya por un realismo descarnado, ajeno a convencionalismos naturalistas y al yugo de la verosimilitud. En términos generales el recurso resulta pertinente a veces, otras me parece propio de un egocentrismo mal disimulado que juega al tristanshandismo con más o menos gracia, y en otras me recuerda (salvando las distancias y el contexto) a ese molesto narrador decimonónico que interpelaba al lector y se dedicaba a opinar sobre lo divino y lo humano sin venir a cuento. Este último no parece el caso de Houellebecq, pero no cabe duda de que el recurso funciona bien en muchos sentidos. Incluido en el sentido más rentable en términos no sólo literarios. Si en otras novelas muchos lectores buscaban el “morbo” en algunas opiniones del narrador o los personajes (e indirectamente del propio Houellebecq), en ocasiones misóginas o xenófobas, en ésta ese supuesto morbo se encuentra en la propia muerte del autor y en el thriller que lo acompaña, que difícilmente podemos tomarnos en serio como tal. Aunque el recurso no se agota en esa lectura.

El juego de espejos tampoco se agota en la autorreferencia múltiple. Se encuentra en el mismo principio: lo que parece una escena de la realidad es una escena de un cuadro en el momento en que el pintor Jed Martin lo está realizando. Una obra, por otra parte que el pintor destrozará ante la impotencia de no lograr expresar lo que pretende. Ese cuadro, que lleva por título “Jeff Koons y Demian Hirst se reparten el mercado del arte”, en alusión a los dos artistas mejor cotizados, es una de las numerosas referencias al valor económico del arte. El arte, por tanto, tiene doble tratamiento: desde lo puramente pecuniario, fuente de beneficios, y como forma de interpretar la realidad. Este último constituye un pilar de la novela, aunque las tentativas de Jed Martin resulten infructuosas (aparte de los fructíferos resultados en términos de beneficios económicos). La crítica al mercado del arte (y a la industria cultural por extensión) queda, no obstante, algo difusa.

Otro punto de gran interés está, una vez más, en el diagnóstico nihilista y el retrato de un realismo desencantado que hace de nuestra sociedad, en particular de un mundo occidental poblado de seres solos (por voluntad o torpeza), impotentes (en sentido polisémico), incapaces a menudo de comunicar sus sentimientos y sus ideas a quienes tienen más cerca. Es el caso de la relación entre Jed Martin y su padre, que me parece de lo mejor de la novela, o del mismo pintor con Olga, algo más previsible. Aquí me parece patente la escasa proximidad de Houellebecq al género femenino, por lo esquemático de muchos de sus personajes femeninos (aunque la Anabelle de Les particules élémentaires me pareció más lograda, desde luego mucho más que esta estereotipada Olga). Frente a su nihilismo descarnado, virulento, frente al hueso duro que pretende hacernos roer, surge, como en otras novelas del autor, una mirada más sensible, sobre todo cuando toca los aspectos más vulnerables de sus personajes, los relacionados con su afectividad. Este elemento, que actúa como contrapeso, aun sin dejar de ser abordado desde el pesimismo, otorga un sentido diferente a esa otra mirada más turbia de Houellebecq.

En su conjunto, La carte et le territoire me parece una novela muy valiosa, por momentos lúcida, hilarante, obscena (lo cual no tiene por qué ser negativo), por momentos tediosa (sobre todo en las digresiones más pobres y deudoras del discurso comercialoide, esa servidumbre en forma de disertación sobre marcas y modelos) y por momentos ágil. Contradictoria como pocas. Por otra parte, su afán de multiplicidad se queda en ocasiones en el mero comentario. Acaso por eso se ha acusado al autor de desarrollar un discurso wikipediano, sobrecargado de información sin fondo. Esto, que queda en el terreno del chascarrillo, me parece menos importante que su manera de salir del paso.

Lo que se plantea de forma más o menos sutil como solución de escape es, como decía más arriba, una vuelta a los orígenes, a las raíces familiares rurales. Se nos pinta así, como en Les particules élémentaires, una salida utópica algo pueril, y en cierto modo reaccionaria. Si en la novela de 1998 el desarrollo de las investigaciones biológicas de Michel acababan por mejorar la especie humana en 2029, en ésta la vida en Francia hacia 2040 se pinta como una repoblación idílica del mundo rural. Eso sí, no desde una ideología comunal progresista, o neohippie, lo que Houellebecq desprecia, sino con cierto clasismo, bajo el predomino de los nuevos colonizadores ricos, principalmente chinos y rusos. Lo que pierde a Houellebecq, en mi opinión, después de hacer un diagnóstico arriesgado pero certero de nuestro presente occidental, puede que hiperbólico y hasta cruel, pero agudo, es su incapacidad para aceptar la imperfección y la derrota de la humanidad, la necesidad de redención. Esa salida idílica, como en su novela de 1998, no puede sostenerse en serio, y queda por tanto la impresión (diría la certeza si se pudiera hablar de certezas en novelas como ésta) de que es un último elemento de juego.

La novela, en suma, y como vengo diciendo, es muy rica en temáticas e interpretaciones. Esto tal vez sea, simultáneamente, un valor y una carencia, puesto que pretende abarcar demasiado. Tanto, que el mapa supera con diferencia las dimensiones del territorio que pretende representar (o interpretar). De hecho, el lector se encuentra en definitiva ante un mapa sin territorio, una representación de la realidad que, por realista que se pretenda, no deja de ser una interpretación, una mirada personal. Aunque, desde luego, no una mirada cualquiera.

viernes, 27 de enero de 2012

Angelopoulos

No era su momento, pero ¿cuándo es el momento de alguien? Ayer murió Theo Angelopoulos atropellado por una moto en Atenas. El maestro de la niebla y del tiempo dilatado, que ha sabido fundir historia y cine como pocos, ya sólo quedará en las viejas películas. Desde aquí lo recuerdo con esta secuencia del barco sobre el Danubio, la del fin de una era en los Balcanes.


jueves, 26 de enero de 2012

escritura, existencia

Confieso que en parte esta frase de la última novela de Houellebecq retrata lo que siento ahora en cuanto a mi trabajo como escritor (aficionado, pero escritor):

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“On peut travailler en solitaire pendant des années, c’est même la seule manière de travailler à vrai dire; vient toujours un moment où l’on éprouve le besoin de montrer son travail au monde, moins pour recueillir son jugement que pour se rassurer soi-même sur l’existence de ce travail, et même sur son existence propre, au sein d’une espèce sociale l’individualité n’est guère qu’une fiction brève.”

Michel Houellebecq, La carte et le territoire (Flammarion, 2011).

Sí, la soledad del trabajo de escritura es una necesidad, pero llega ese momento, que dice Houellebecq, en que se siente otra necesidad no menos imperiosa, la de dar a conocer a otros lo que uno ha hecho. Coincido en que esa necesidad responde no tanto a la búsqueda del juicio ajeno, sino hacia la confirmación de la existencia de ese trabajo, e incluso de la existencia de uno mismo. La individualidad es apenas una ficción breve en el ámbito de una especie social, dice Houellebecq. 

Con una novela que espera editor desde hace más de un año, y otra a medio escribir, estoy desde hace meses entrando en ese territorio de la inexistencia en el plano de lo real: me voy borrando, como si nunca hubiera escrito, como si nunca hubiese estado. Pensarlo me divierte (si no lo pienso, me hundo), escribirlo me salva.

lunes, 23 de enero de 2012

garabato 16



detrás de cada paisaje hay una impostura _ la ficción del horizonte

domingo, 15 de enero de 2012

niebla, adagio y fuga



Hay un fondo de luz en la niebla sin centro que la proyecte y yo camino a tientas sobre la tierra humedecida. Su mano diminuta me guía en una dimensión que ignoro: estamos perdidos, le digo, pero no tengas miedo, puedes imaginar que es un sueño. Ella no llora. En el frío silencio de esta noche blanca adivino sus ojos negros, esa mirada alentadora de niña sagaz. Fluye el tiempo, como ese río turbio y próximo donde ninguna barca se aventura. En la niebla, su mano se cierra con más fuerza en torno a la mía. Hay una nota discordante, un ruido de fondo como de aguja que araña los surcos del vinilo de esta noche temprana. Su mano ha crecido o ha menguado la mía. ¿Soy yo el niño? ¿Me guía mi hija, ya adulta? ¿Hacia qué lugar del tiempo donde encontrarnos de igual a igual, sin los disfraces de la edad o la condición? Adagio y fuga, allí donde unos ojos negros abren la niebla como las manos separan los restos de un mal sueño.

jueves, 12 de enero de 2012

garabato 15


la longitud de una vida no se mide en días ni en años sino en el número de despertares y en la suma de tropiezos y en iluminaciones y en encuentros

jueves, 22 de diciembre de 2011

payasos


Lo que voy a escribir, lo que quiero escribir, tiene que ver con payasos, con la vejez y el abandono, pero también con la burla y la imaginación como contrapeso de la realidad. El azar (el acaso) me ha llevado a estas caras de payaso en un vídeo de un músico que aprecio, Egberto Gismonti. El azar tiene dedos hábiles y sabe cómo devolvernos la sorpresa de vivir.

sábado, 17 de diciembre de 2011

garabato 14



el tiempo de la impericia iguala nuestra duración _ a mayor saber y experiencia mayor conciencia de que estamos empezando a aprender hasta el fin _ incluso aquello que más conocemos

miércoles, 14 de diciembre de 2011

nos otros

A menudo pienso, como en la adolescencia, que nuestro único destino posible es el de ser un reflejo, un cuerpo visible a los ojos de los demás, que nos contemplan con la certeza de ser una presencia que se reconoce en nosotros. Onetti lo expresaba mejor que nadie en Juntacadáveres a través del personaje de Jorge, quien se reconocía en los ojos de Julita: “Me estoy viendo y acepto: débil, puro, incapaz de soledad, sin más destino posible que ser un elemento en la existencia de otro, otros”. Ahora, sin embargo, eso que entonces vivía como una limitación lo percibo como una riqueza: el juego fértil de los espejos. ¿O será el miedo a la soledad?

domingo, 11 de diciembre de 2011

charms of the night sky


Ese momento frontera, mínimo lapso posterior al ocaso pero todavía no la noche, donde soledad y silencio alcanzan su extensión. Venías de otro otoño, a orillas del mar, hasta este invierno interior. He perdido todos mis amuletos, dijiste contra el cielo, pero lo que más lamento es no haber creído nunca en el poder que pudieran encerrar. Pájaros pasaron hacia otro cielo. Miraste las palmas de tus manos, incrédulo, aunque confiado: las manos, al menos, no las podré perder. ¿Creíste ver entonces la sombra de un cuchillo?

jueves, 1 de diciembre de 2011

lo que dice

Hombre iguana, © Byron Rabe Rendón

Esa mirada de iguana me desvía la atención de lo que dice. Un ojo azul marino, gris piedra el otro, ambos giratorios e hipnóticos. Y esa voz quebrada que vuelve a emitir un ronroneo en torno a las palabras, luego un gemido agudo. No entiendo la frase, algo sobre el sabor de la carne. Pero no habla de mí, me parece. Aunque me mira.

martes, 29 de noviembre de 2011

garabato 13



la negatividad que a menudo te anula no es sino una sordera del sentimiento una ceguera mental _ un gesto de la voluntad basta para comenzar a escuchar esa voz que te lleva al aire de las cosas con la mirada limpia de otros días

domingo, 27 de noviembre de 2011

retorno

Tu imagen melancólica
en el cristal tan tenue
borrada por la lluvia
es la imagen de un niño
que aún se asoma a su adentro
buscando a tientas la quebrada imagen
de lo que quiso ser.

(Retorno)

José Ángel Valente, Fragmentos de un libro futuro (2001)

Hay poemas que contienen en una sola frase (pero cuánto puede llegar a decir una frase) todo el vértigo del tiempo, el recuerdo y el sentimiento de pérdida. Pérdida, sí, del pasado (infancia) y en el presente (desorientación, extravío). Imagen dentro de la imagen, la melancolía como pretexto de una búsqueda nunca cumplida, la de sí mismo.

lunes, 21 de noviembre de 2011

cuerda y cadena


amarrados desamarrados amados
amados encadenados
oleosos
sogueados desasogados
fluctuosos
solos

viernes, 18 de noviembre de 2011

garabato 12


abraza tu ignorancia aférrate a ella como un hereje a un hierro candente _ extrae de tu ignorancia todo el conocimiento necesario para mirar a la muerte cara a cara

sábado, 12 de noviembre de 2011

improvisación y trance


Entre muchas otras cosas, el jazz es improvisación y la música gnawa es trance. Un gigante negro de 86 años lleva décadas buscando en las músicas africanas algo más que raíces o esencias: el mestizaje y el diálogo fértil. Lo imagino en uno de sus viajes, mirando la costa española desde Tánger, respirando el ritmo del límite, la cuerda vibrante de una frontera que él ha conseguido diluir con su música. Su piano no es un laúd magrebí, pero la música de Randy Weston ya es algo más que buen jazz. El ritmo hipnótico de la música gnawa de Marruecos contagia la improvisación del jazz y viceversa, y quien gana no es un estilo u otro, sino la música. Y quien se abandona a la escucha.

jueves, 10 de noviembre de 2011

crisis e hipocresías


Sea quien sea el ganador de la pantomima electoral bipartidista, podemos estar seguros de que volveremos a escuchar una frase que puede llegar a convertirse en lema: “Sufrimos una crisis económica sin precedentes desde hace casi un siglo, etc.”. Y se nos volverá a repetir la salmodia como si fuese una fatalidad divina. Pero es mentira.

En el discurso dominante (no sólo de la clase política, sino también en los miedos de comunicación de masas) se presenta la “crisis” como si fuese un tsunami o una erupción volcánica devastadora. Una catástrofe en sí misma, un “fenómeno” sin intención ni responsable. La cosa-crisis nos ha caído encima, según este discurso dominante, poniendo en apuros a nuestros gobernantes actuales e inminentes, que, por designios inescrutables y contra su voluntad, deben aplicar severos recortes sociales y privatizaciones de servicios públicos con el fin de aplacar a la hidra.

Otra versión, menos abstracta pero más hábil e incluso más amable, señala como responsables de la crisis de marras a los trapicheos y tejemanejes de algunos especuladores con nombres y apellidos, a quienes se podría imponer un castigo legal. O a las malas prácticas de la burbuja inmobiliaria, responsable de muchos males coyunturales, pero no de los medulares.

Se trata en ambos casos de una falsedad que omite el hecho de que el supuesto “fenómeno” de la crisis proviene sobre todo de la falla del sistema (qué acertado el eslogan del 15-M “Error 404”), de una economía financiera desbocada y todopoderosa que desde hace tiempo han asumido servilmente nuestros mandatarios y voceros mediáticos. Y que a diario se sigue describiendo de forma acrítica como el orden natural de las cosas. Un orden casi divino, no sólo porque la economía es la nueva religión de los últimos años, con sus dogmas y ritos, sino porque se encuentra más allá del bien y del mal. Tan todopoderosa es, que logra convertir la trapacería y el saqueo en prácticas loables, merced a una manipulación lingüística que hace parecer inocente la neolengua inventada por Orwell en 1984.

El estado de cosas actual (eso que llaman “crisis”), por tanto, no es un fenómeno natural, ni la consecuencia de sucias especulaciones puntuales, sino el resultado de un sistema exhausto. El empeño obcecado e interesado por revivir el cadáver de este sistema ha creado el Frankestein de nuestras democracias. En una visión del mundo donde la ética democrática ha sido desplazada por el “todo vale” para los ungidos y la resignación piadosa para los de a pie, lo que tenemos, lo que tendremos, una vez más, es la hipocresía al poder.

jueves, 3 de noviembre de 2011

ruinas griegas



– J’ai parcouru toute l’Europe, me dit Stilitano. J’ai même été en Grèce.
– Ça t’a plu?
– C’est pas mal. Mais c’est en partie détruit.


(– He recorrido toda Europa –me dijo Stilitano–. He estado incluso en Grecia.
– ¿Te gustó?
– No está mal. Pero está en parte destruido.
)

Jean Genet, Journal du voleur (1949).

(Leído hoy, este fragmento de la novela de Genet tiene nuevas lecturas.)

viernes, 28 de octubre de 2011

garabato 11


nostalgia de la frontera _ de vivir al filo de los días ahora que nos hemos guarecido en esta madriguera llamada centro en esta autocomplaciente serenidad en la seguridad narcotizante _ apenas eso _ una tibia inocente nostalgia

miércoles, 26 de octubre de 2011

octubre

Antoni Tàpies


Hay una leve luz caída
entre las hojas de la tarde.
No podemos hollarla.
                                Dame
tu mano y cruza
de puntillas conmigo
para nunca pisarla,
para no arder tan tenue
en sus dormidas brasas
y consumirte lenta
en el perfil del aire.

(Octubre)


José Ángel Valente, Fragmentos de un libro futuro, Galaxia Gutenberg, 2001.

lunes, 24 de octubre de 2011

blue in green



Un lamento metálico repite la misma nota apagada en la memoria. Ahora recuerdo: la mano temblando sobre el oro, un acorde soterrado, la sordina que atenaza aquel lamento en la hiriente dulzura de lo agudo. Y esa imagen turbia: la mano que en la danza lenta abandona la escena para dar su humo a una boca que no está. Trompeta en la noche: Davis dividiendo el silencio frío con el fuego contenido de su jazz. Y Coltrane, y Bill Evans, y Paul Chambers, y Jimmy Cobb. Y nosotros, en la escucha.


domingo, 23 de octubre de 2011

garabato 10


la historia es una sucesión de botas y cadenas ahogadas bajo el peso de los grandes nombres y gestas _ un ciclo de botas cadenas y nombres como plomo repetido _ soterrado bajo el ruido de ese engranaje quedará siempre un asidero con forma de palabra o de cuerpo o de música o color y una rabia lúcida que aliente la esperanza

jueves, 20 de octubre de 2011

víspera del agua



Todo le dolía
de tanto que los quería:

la tierra
y su muro de tristeza,

un rumor adolescente,
no de avispas
sino de tilos,

la respiración del trigo,

el fuego reunido en la cintura,

un beso abierto en la sombra,

todo le dolía:

la frágil y dulce y mansa
masculina agua de los ojos,

el carmín derramado en los espejos,

los labios,
instrumentos de la alegría,

de tanto que los quería:

los dulcísimos melancólicos
magníficos animales amedrentados,

un verano difícil
en altos lechos de arena,

el asta delicada de un suspiro,

el comercio de los dedos en ruina,

el arpa inacabada
de la ternura,

un pulso claramente pensativo,

le dolía:

en la víspera de ser hombre,
en la víspera de ser agua,
el tiempo ardido,

ruiseñor estrangulado,

mi amor: mora blanca,

el río
inclinado
hacia las aves,

la desnudez compartida, los juegos matinales,
o si prefieren: nupciales,

el silencio torrencial,

la reverencia de los mástiles,

en el intervalo de las espadas

un niño corre
corre en la colina

tras el viento,

de tanto que los quería,
todo todo le dolía.


Eugénio de Andrade, Oscuro dominio, Hiperión, 2011.
(Traducción de Blanca Cebollero y Daniel Pelegrín.)

domingo, 16 de octubre de 2011

little wing



Well she's walking through the clouds
with a circus mind that's running round.
Butterflies and zebras and moonbeams
and fairy tales,
that's all she ever thinks about.
Riding with the wind.

When I'm sad, she comes to me
With a thousand smiles she gives to me free.
It's alright, she says, it's alright.
Take anything you want from me,
anything.

Fly on, little wing.

(Ella camina entre las nubes / con esa mente circense disparatada. / Mariposas y cebras y rayos de luna / y cuentos de hadas, / eso es todo en lo que piensa. / Cabalga con el viento. // Cuando estoy triste, ella viene junto a mí / con un millar de sonrisas que me regala. / Todo va bien, dice, todo va bien. / Toma lo que quieras de mí. / Lo que quieras. // Vuela, "Pequeña ala".)

miércoles, 12 de octubre de 2011

garabato 9


te pasas la vida esperando no sabes bien qué hasta que caes en la cuenta de que toda espera es una enfermedad y que el final de toda espera es la enfermedad final

lunes, 10 de octubre de 2011

erotismo y muerte

« Dans l’ombre, il arrivait que nous nous cherchions. Nous nous regardions les yeux dans les yeux : non sans crainte. Nous étions liés l’un à l’autre, mais nous n’avions plus le moindre espoir. À un tournant du chemin un vide s’ouvrit au-dessous de nous. Étrangement, ce vide n’était pas moins illimité, à nos pieds, qu’un ciel étoilé sur nos têtes. Une multitude de petites lumières, agitées par le vent, menaient dans la nuit une fête silencieuse, inintelligible. Ces étoiles, ces bougies, étaient par centaines en flammes sur le sol : le sol où s’alignait la foule des tombes illuminées. Je pris Dorothea par le bras. Nous étions fascinés par cet abîme d’étoiles funèbres. Dorothea se rapprocha de moi. Longuement, elle m’embrassa dans la bouche. Elle m’enlaça, me serrant violemment : c’était, depuis longtemps, la première fois qu’elle se déchainait. Hâtivement, nous fîmes, hors du chemin, dans la terre labourée, les dix pas que font les amants. Nous étions toujours au-dessus des tombes. Dorothea s’ouvrit, je la dénudai jusqu’au sexe. Elle-même, elle me dénuda. Nous sommes tombés sur le sol meuble et je m’enfonçai dans son corps humide comme une charrue bien manœuvrée s’enfonce dans la terre. La terre, sous ce corps, était ouverte comme une tombe, son ventre nu s’ouvrit à moi comme une tombe fraiche. Nous étions frappés de stupeur, faisant l’amour au-dessus d’un cimetière étoilé. Chacune des lumières annonçait un squelette dans une tombe, elles formaient ainsi un ciel vacillant, aussi trouble que les mouvements de nos corps mêlés. Il faisait froid, mes mains s’enfonçaient dans la terre : je dégrafai Dorothea, je souillai son linge et sa poitrine de la terre fraiche qui s’était collée à mes doigts. Ses seins, sortis de ses vêtements, étaient d’une blancheur lunaire. Nous nous abandonnions de temps à autre, nous laissant aller à trembler de froid : nos corps tremblaient comme deux rangées de dents claquent l’une dans l’autre. »

Georges Bataille, Le bleu du ciel (1957)




Y, en el espacio de los muertos, hacerse a un lado del camino buscando el lugar propicio, dar esos diez pasos que dan los amantes. Amarse en el cementerio, la rabia y el deseo revueltos, la piel erizada por el frío nocturno y por el estupor de ese acto imprevisto e irreprimible. El cuerpo clavado en el cuerpo deseado, las uñas hundidas en la tierra. Mudas, las estrellas, como ojos de una mirada extinta, parecen codiciar la luna doble de esos senos. Bataille, erotismo y muerte: la vida en su explosión donde ya no hay vida. Tan bello como inquietante.

miércoles, 5 de octubre de 2011

truncado

Y aquel domingo bajamos hasta el canal de la fábrica de papel, buscamos entre la maraña de juncos como quien abre mechones de greñas adheridos al rostro deseado. Era allí, estábamos seguros, en algún recodo de aquel sucio brazo de agua tenía que aparecer. Pasos en falso arriba y abajo, arañazos, tropezones, pistas engañosas; hasta que Abe resbaló y, abrazando unas cañas para no caer al agua, abrió una ventana en la espesura. Soledad mohosa, con mil hendiduras y cicatrices, la vieja góndola seguía varada en la orilla del canal, como hacía un año. Celso y yo sabíamos que en su fondo, bajo el banco de popa, palpitaba aún la caja.

viernes, 30 de septiembre de 2011

garabato 8


qué arduo pensar que toda pretendida liberación moral más allá de las convencionales rebeldías puntuales está abocada al más estrepitoso fracaso en el momento en que también ella puede convertirse en convención y norma

miércoles, 28 de septiembre de 2011

vamos del miedo a la mierda

Los mercados tienen miedo. Los mercados, esos especuladores que han convertido el mundo en un casino, están nerviosos. Temen no poder ganar más y más, y les importa poco el sacrificio que se ofrece en su nombre. A diferencia de los dioses griegos, que se contentaban con una hecatombe (o sea, con el sacrificio de cien bueyes), a los nuevos dioses ni siquiera les contenta una hecatombe (en el sentido actual de catástrofe humana) social: son impasibles a la desigualdad o a la injusticia. No es que no tengan “corazón”, sencillamente no tienen ojos para lo que no da dinero. No ven más allá de sus ganancias, sus anteojeras. Su miedo es como el del mulo que pisotea todo cuanto queda fuera de su campo de visión.

Lo peor de todo es que su miedo es contagioso: los bancos y las instituciones financieras ya están hace tiempo contagiados por ese miedo. Y tras ellos las empresas y los gobiernos. Es por miedo que aquéllos dan órdenes (recomendaciones, dicen) y éstos sacan las tijeras. Es por miedo que ahora se considera un gasto lo que sigue siendo un derecho: el acceso igualitario a la salud, la educación, el transporte, la cultura, etc., algo que sólo puede garantizar el servicio público de calidad. Es por miedo que quieren privatizar todo lo privatizable y convertir nuestros derechos en negocio. Por miedo a no ganar todo lo posible. Y cualquier cosa es una fuente posible de ganancia. Imaginad: dentro de unos años, si todavía podemos viajar a Atenas, encontraremos que la Acrópolis pertenece a Goldman Sachs o a cualquier banco alemán, pues a este paso el estado griego va a tener que vender su propio patrimonio. ¿Suena a boutade o a exageración? A mí no me lo parece. Se empieza por aplicar un ERE a los funcionarios públicos, como si fuesen empleados de una multinacional, y se sigue por vender la riqueza material e inmaterial de un país, cualquier cosa con tal de aplacar los miedos. Pero el miedo de los mercados parece no tener límites, se retroalimenta en tanto que es motor de lucro: ¿cómo poner fin a ese miedo, real o fingido, que da tan buenos frutos?

Todos tienen miedo: los mercados, los bancos, los organismos financieros, los gobiernos nacionales y regionales, la oposición, los medios de comunicación de miedos. Y ese que tienes enfrente, y acaso tú mismo, y yo tantas veces, tenemos miedo a quedarnos sin nada, por poco que tengamos. Y poco a poco el miedo que nos van inoculando como un veneno nos vuelve desconfiados y apáticos, nos enroscamos en nuestra concha precaria. Como el ratón paralizado ante la serpiente, pensamos que es inevitable, que ellos son los que mandan, que no podemos nada contra su voracidad. Y por miedo a perder nuestro dinero perderemos nuestros derechos. Y así, de miedo en miedo, nos iremos todos a la mierda.