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lunes, 17 de enero de 2022

Mano a las manos

 

En los últimos meses del último año en Roma realicé esta serie de fotos en las que mi mano busca otras manos, juego del tiempo y de la materia, encuentro imposible. (Música de John Dowland)

viernes, 1 de mayo de 2020

Brújula

Nunca antes había vivido tanto tiempo en los ojos de mis hijos. En estos días ambos cumplen años, sus cuerpos siguen creciendo sin sol. Aislados. Sus amigos ahora son rostros en una pantalla: esas voces de eco metálico que celebran y muestran juegos en los que no existe tocarse. Afuera no puede ser primavera: no están ellos para darle sentido, no estamos. Tampoco el estremecimiento deja huella en la piel, y sin embargo.


Ventana al atardecer. Afuera, la danza lenta de los vilanos, el tiempo suspendido: los algodones de los álamos tienen su propia música, y no saben. Abajo se oye un estallido en la calle sin tráfico, alguien ha arrojado el vidrio. Es un anciano, permanece inmóvil junto a los contenedores y mira sus manos con guantes azules, como si también fuesen de cristal. Una mujer pasa deprisa junto a esa figura quieta, embozada. Embozados. Las manos, la boca. Es mentira que los días sean iguales: el desorden crece, sí, y la desidia, pero aun así proyectamos, fijamos la mirada en algún lugar, creamos nuevas rutinas. Sabemos, además, que estamos creando memoria. Y eso también nos salva.


Voy tropezando con piezas de madera y coches de juguete dispersos, en todos los rincones de la casa hay momentos de algún juego que nadie ha recogido. Laberintos, efectos dominó, hilos de colores que hemos tensado y evitado como si tocarlos fuese muerte segura. Algunos objetos se pierden, y descubrimos en los lugares más improbables otros que creíamos perdidos hace tiempo. Esta mañana, mientras mi hija hacía grullas de origami, mi hijo me ha traído una brújula. No recuerdo haberla llevado nunca a nuestras excursiones: el sendero siempre ha estado marcado. ¿Lo estará siempre? Sabemos que saldremos de nuevo a caminar, pero ignoramos cuándo y cómo. Mientras tanto, el Norte son nuestros tres dormitorios, el salón es el Sur, y en la periferia están los balcones desde los que nos asomamos a mirar y a batir palmas. Es ahora, en estos días, cuando más sentido tiene la brújula, porque sus flechas apuntan, señalan. Allá, al otro lado. Hacia.


(20 de abril de 2020, durante el confinamiento. Publicado en el nº 2 de El rizo robado)

viernes, 30 de noviembre de 2018

Conos

En Roma está ocurriendo una revolución silenciosa, una revolución fragmentaria. Sus signos son círculos dispersos, efímeros frente a los grandes círculos que configuran esta ciudad. Cuando uno camina por ciertas aceras, encuentra conos perfectos de hojas secas y desperdicios. Son pequeños montículos que acumulan aquello que la desidia del municipio es incapaz de suprimir, y al hacerlo forman una instalación callejera. Sus creadores son siempre inmigrantes subsaharianos que, con paciencia africana, barren un pedazo de acera, una decena de metros sustraídos a la normalidad de papeles, colillas, hierbajos y excrementos de perro. Es un fragmento fuera de lugar, una subversión de la ciudad ubicada entre dos conos y dos platos de plástico con un puñado de monedas.
Círculos minúsculos contra la grandiosidad del Coliseo y el Panteón, duran hasta que se agota el tiempo de la colecta o la paciencia del viento.

jueves, 16 de marzo de 2017

a través de la forma en danza

Esta tarde de marzo, esa luz un poco enferma. De paso por la piazza di San Cosimato camino a casa un hombre hacía pompas de jabón gigantes. Alma y Mario, junto a otros niños de la plaza, saltaban para hacerlas estallar. Las enormes burbujas avanzaban a un ritmo lentísimo, movidas por un aria de ópera algo distorsionada que emitía un altavoz junto al barreño del agua jabonosa. Tan lentas, hacia lo alto, las pompas gigantes cambiaban de forma y dirección, negando toda semejanza consigo mismas, en la ebriedad de su mudanza. En su corto vuelo antes de la disolución, a su través he visto el mundo como realmente es.

viernes, 15 de abril de 2016

el canto blanco

Conocí a Einstein en un sueño. Tenía las manos frías y una tendencia a la esquizofrenia. En el sueño era invierno, una isla de casas dispersas, en el norte. Me despertó un canto blanco: el silencio de la nieve. Recordaba haber caminado el día anterior, el sonido de mis pasos hacia el parque solitario. Einstein era una mujer de manos frías, que negaba. Fue entonces cuando empezó a llover sal dentro de mi casa, sal sobre todos los objetos y sal sobre cuanto había escrito. Desperté. En el sueño, desperté.


(Música: Zeno de Rossi trio. Película: "Silent Snow, Secret Snow" (1966), de Conrad Aiken)

jueves, 26 de febrero de 2015

una tarde de novillos


Hay tardes en que uno se siente tan pequeño. Y además está ese gusano (vacío, tristeza, no sé) que bulle adentro y nos empuja a salir, a ponernos en movimiento. Caminar hasta el Tevere, y allí seguir la trayectoria cruzada de grajos y gaviotas sobre el agua. De regreso a casa, el gusano dormido, buscar el libro que necesito y releer viejos subrayados. Y encontrarme allí, pensar que eso fue escrito para mí. Aprender algo de mi vida:

“Paseas, y los rostros de la gente te muestran las mil figuras posibles de la repetición – los miras como de niño mirabas a los adultos, a distancia. Hay quien anda por las calles con su sombra, otro acompaña a un perro imaginario mucho más presente que cualquiera de los perros reales, está el que lleva un caballo de la brida, y también el que va con un chimpancé de la mano –  hay adolescentes que andan como en zancos, y ancianos que caminan casi de rodillas. Los tímidos siempre acarrean dos cubos llenos de lluvia, los prepotentes conducen una cuadriga ilusoria tirada por cuatro yeguas blancas, y los fatuos airean una pandereta. Pero el que pasea no tiene nada que ver con los adultos. Esos tipos nunca serán tu gente. El que pasea siempre pasea con un niño de la mano: es siempre el niño imposible que fuimos quien pasea con nosotros – un niño que ha decidido aprender algo de su vida y, mientras en la escuela se ofician los funerales por el día de mañana, él se regala una tarde de novillos.”

De una relectura de Miguel Morey, Deseo de ser piel roja, Anagrama, 1994, p. 121.

miércoles, 11 de febrero de 2015

tocar es un vuelo

© Choi Xoo Ang

Tocar es un vuelo. Da alas. Con alas manos planear sobre el vello, sobre la piel erizada. 
El vuelo no es en el cielo, es en el cuerpo. 
Estremecimiento adentro.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

puente


Un largo silencio a veces es necesario antes de volver a tocar. Pero antes de hacerlo frente a un público dispuesto a la escucha, buscar un puente, un Williamsburg Bridge metafórico, y tratar de encontrar ese sonido que sólo puede ser tuyo.

jueves, 10 de julio de 2014

la escalera del 72 de la rue Mouffetard

© Albert Monier, 1952. Escalier 72 rue Mouffetard, Paris

Espera. Una hora, la eternidad. Por fin escucha: tacón contra madera, ella baja despacio. No: se detiene; sabe que él está abajo esperando, y quiere jugar. La sombra de ella, arriba, sobre el desconchado blanco de la pared. Quieta. Podría verla de frente si subiera apenas una docena de escalones. Pero tampoco se mueve. Silencio. Trata de imaginar su expresión. ¿Desprecio?, ¿deseo? Puede que ambas cosas. Entonces el piano. Viene de un piso alto, un adagio de sonata. Vacilante. La sombra en la escalera mengua, se ajusta a la altura del desconchado blanco, como si quisiera encajar en él. Se ha sentado. Arriba una mano yerra una nota y se detiene. De nuevo silencio. La sombra encerrada en lo blanco se contrae. Parece que llora o gime. Un instante después el piano irrumpe de nuevo y ya no puede oírla. Ese no poder oírla: ahogo. Tiene que subir. Ahora sube, los zapatos sucios de barro a pesar de la indicación del quinto escalón. Hasta ese cuerpo que proyecta la sombra. Sentada en el rellano, ella lo mira, la cara congestionada por la risa. Una risa que no emite vocales, sólo un arrastre como de hiena asmática. Luego dice algo que él no acaba de entender, entrecortado por ese arrastre traqueal. Algo como: pero qué manos de mierda. Arrodillado frente a ella, él suplica: Déjame subir contigo. Ella lo mira, ya seria. Asiente. La sigue escaleras arriba. El piano suena todavía. Entre las manos, él prepara el alambre.

viernes, 21 de febrero de 2014

arden

© Anselm Kiefer.

Todos los libros que leo arden. Perdidos en algún lugar de mi memoria, nunca completos: quedan apenas virutas incandescentes, a menudo el rescoldo más o menos apagado de lo sentido entonces, rara vez un puñado de palabras. Las palabras son lo primero en arder. Forman con el tiempo una biblioteca calcinada, dentro, una biblioteca espejo de la que finge no conocer aún el fuego. Por eso toda relectura tiene algo de resurrección y de ave fénix. Luego, una vez más, arden.

jueves, 9 de enero de 2014

Everything will be taken away

© Adrian Piper 2009

Nos lo van a quitar todo, escupe él (no lamenta) / Quiénes. / Ellos, los otros. / Todos somos los otros, susurra ella. / Me refiero a esos otros que borran, los borradores de todo. / Qué manía con ver la cosas tan negras, sólo porque estén recortando un puñado de derechos y libertades. / ¿Un puñado? Un puñado es lo que cabe en un puño. / Ya te estás poniendo revolucionario, tú. / La única revolución posible es / ¿Cuál?, interrumpe ella. / Déjalo, puede que tengas razón: lo veo todo como si estuviera emborronado. / Todo está emborronado, cielo. Anda, apaga la luz, no vas a notar la diferencia.

jueves, 30 de mayo de 2013

volver a Paris, Texas


Buscar. Regresar. La historia de Travis, Hunter y Jane. Volver a ver esta película como si fuera la primera vez. No por haber olvidado: porque la mirada es nueva ahora. La historia de Sam Shepard no sería gran cosa sin las imágenes de Wim Wenders y la guitarra de Ry Cooder, esos paisajes para una desolación. Buscar y encontrar. Regresar a donde no hay posible retorno. No necesitaba tener hijos para entender, pero ahora entiendo de otra manera la película. Entiendo a Travis. Pero entiendo más a Jane.

lunes, 13 de mayo de 2013

el arte y el drama (Chet Baker)

Ahora que se cumplen 25 años del suicidio de Chet Baker, ahora que volverán loas y retratos del músico maldito y se repetirá el adjetivo “turbulento” aplicado a su vida o a su carácter, veo el documental que rodó Bruce Weber el mismo año de su muerte (Let’s get lost, 1988).

Nunca me sedujo la voz melosa de Chet, aunque el sonido de su trompeta ya es otra historia. A pesar de sus brillos juveniles (sobre todo con Gerry Mulligan o Stan Getz) prefiero al Chet viejo que al joven, en cualquier caso, por ejemplo en dúo con Paul Bley.

El documental de Weber muestra a la estrella, sus luces y sombras, éxitos y tropiezos. Por encima o por debajo de la leyenda y la celebridad va aflorando el hombre. Están los testimonios y está él, en su juventud dorada de James Dean jazzístico West Coast y en los años del declive europeo, con ese rostro de yonqui decrépito que, para mí, tiene mucho más encanto que la cara angelical del primer Chet.



Let’s get lost no es un documental sobre jazz –o lo es sólo de forma circunstancial–, sino sobre el personaje, sobre su magnetismo y sus contradicciones, un buen documental que me confirma en mi opinión de que Chet Baker es, al menos, tan interesante como tipo que como músico, aunque al final queda la sensación de que fue más un personaje que un intérprete. Dicho de otra manera: fue un excelente trompetista, pero ha quedado, sobre todo, como tipo dramático. Ese cierto desequilibrio no lo encuentro en otros músicos de jazz como Charlie Parker y Billie Holiday. Por intensas y trágicas que fuesen sus vidas, en ellos el arte sigue superando al drama.


sábado, 4 de mayo de 2013

el ojo y la mirada


no son miradas, no es un mirar, no ven: son ojos solo, y alguien los colecciona como si fuesen mariposas

miércoles, 10 de abril de 2013

esta danza

Helena Almeida, Sem título, 2010

Suena esa música que no hemos elegido nosotros. La danza continúa. Seguimos bailando como si nada hubiese pasado. Si tropezamos será por la propia danza, dices. Si caemos será por la propia danza, digo. Las ataduras deben de ser también cosa de la danza, nos decimos. Pero, ¿fue siempre así, la danza?


miércoles, 20 de marzo de 2013

conciencia


¿Podemos, después de todo, dormir tranquilos, nosotros que dormimos en un lugar seguro y cálido?, dijo ella. / Podemos crearnos esa ficción. / ¿La de que dormimos en un lugar seguro y cálido? / Me refiero, dijo él, a la ficción de que podemos dormir tranquilos, incluso a la ficción de que podemos dormir. / ¿Y ellos? / Ellos ya no tienen conciencia, sólo apetito.

jueves, 7 de marzo de 2013

jueves, 21 de febrero de 2013

despierta



Despierta: han apagado las luces.

Escucha, el rumor viene de lejos: tu abuela ahuyentaba las sombras con refranes e improvisados cuentos que entonces te parecían descabellados y hoy intuyes como prodigios de ingenio. Qué rabia este vacío en el recuerdo, el hueco de las palabras.

Temías al lobo imposible agazapado entre los limoneros.

Y la luna, fulgor en el huerto.

Despierta, despierta.

Qué silencio el viento.

sábado, 29 de diciembre de 2012

la primera película



Volver a la cueva donde nació, dicen, la imagen. ¿Volver? Nunca estuvimos. ¿Quién, entonces? Volver con el canto la música el cine. Recreación desde el asombro, mirada vírgen. La primera película.

(La música es de Ernst Reijseger, violoncelista y compositor experimental. La película, del gran Werner Herzog: Cave of Forgotten Dreams: más allá del documental sobre las cuevas rupestres de Chauvet, un viaje a los orígenes del arte).

domingo, 11 de noviembre de 2012

intensidad


No, definitivamente el tiempo de la niñez no tiene nada que ver con la felicidad, sino con la intensidad. Ser niño es ser intenso, agónico, vibrátil. La infancia es el tiempo de la ira y de la euforia, pero también de la melancolía más aguda. Las horas junto a mi hija me hacen recordar que era así, y tengo la impresión de comprenderla, de comprenderme. Acaso sólo la impresión. Lo que me desazona, sin embargo, más allá de no llegar a comprenderla realmente (la empatía es a menudo otra ficción), es no poder ser su igual. No poder ser ella, ahora.